Voy sentada en un vagón mirando a las personas sentadas en él. De pronto la veo, hojea una guía de la misma editorial que la mía. Consigo leer, de lejos, en la tapa Japón. La chica mira detenidamente las páginas con mucho interés y de pronto, fuera deja de estar oscuro y la luz rabiosamente inunda el vagón. Pasamos a la superficie para llegar a una estación no subterránea. En ese momento ella alza la vista y mira el cielo. Yo la miro a ella y pienso, seguramente pensará en Japón, y yo cuando miraba el cielo en Paris. Todos miramos al cielo estemos donde estemos e imaginamos donde queremos estar. Quizá en un lugar distinto, en un país distinto o con una persona en concreto, quizás. Todos bajo el mismo cielo.
Y también llegó la hora de recoger. Dios mío, la cantidad ingente de papel que he llegado a acumular en todos estos años, yo ya lo veia venir, pero cuando finalmente no tuve más remedio que ponerme a revisar todas esas montañas de papeles, no hice sino acordarme de mi maldita costumbre de guardarlo todo. Y también por eso recogí recuerdos a montones, lindezas que adornaban mi escritorio y que cuando enfrascada en cualquier cuenta, leyendo o tal vez rompiéndome la cabeza con el fracaso de algún experimento, me ayudaban a parar y pensar en esos momentos. Cosas que evocan momentos o personas, eso es lo que hay que guardar. Como un mechero Bunsen, de los que se compraron cuando llegamos al nuevo laboratorio. No teníamos aún gas en los mecheros al uso en cualquier laboratorio y los compramos. Uno se rompió, pero sólo un poco, y me lo quedé. Hoy en día es casi una pieza de museo, ya nadie los usa. A mi me parecen muy bellos y me recuerdan a esos laboratorios, quizás del siglo pasado, esos, de los que manó el saber. También una canción que me escribió Simón, pero no la letra sino la partitura, con su pentagrama y todo. Me la escribió durante una conferencia tostón, alguna de esas a las que teníamos que asistir después de la hora de comer, esas en las que luchábamos por no quedarnos dormidos. Según Simón es una canción de su invención, “La canción del Quetzal”. O una notita que reza: esto no arregla lo de la memoria, pero al menos lo endulza. Del puño y letra de Javi. Un día le dejé mi memoria USB, y al abrirla en vez de hacerlo por la parte correcta tiró del otro extremo y el chip de la memoria quedó al descubierto. La cara que puso, no tuvo desperdicio. Al día siguiente en mi mesa, a esta nota la acompañaba un chupa-chups, por supuesto guardado. Como guardé una escultura digna de cualquier museo de arte moderno. Un día Tere puso a esterilizar unos tubos eppendorfs en el autoclave; con la temperatura los tubos se fundieron y aquello no eran tubos, eran masas informes de ellos. Unos pocos se separaron y Tere me escribió con su letra superpequeña, encima de uno de ellos: Para Raquel de chiquipum (apodo con el que la solemos llamar). Mi galleta maría, mi fantasmita, y mi calendario de Kandiski (de 2001), cosas que me dejó Mariló cuando marchó para tierras asturianas. Mi reloj robot, obsequio de una casa comercial, que trajo Pablo de uno de los numerosos congresos a los que asiste. Un adorno con forma de vasija de cocina, típica marroquí (Tajin), que trajo Tarik una vez de su tierra. Yo allí guardaba los clips. Una pegatina de esas para poner las direcciones de correo en las cartas, en la que se aprecia mi nombre completo y debajo: responsable y la dirección del hospital. Venía pegada no recuerdo a que catálogo, pero aquello de responsable me sonó bien (seguramente me llegó por equivocación). Un bolso rojo, que me trajo Lucía de Granada para mi cumpleaños. Me lo compró para que cuando no llevará bolsillos no metiese el dinero en el paquete de tabaco; más de una vez rescaté billetes de 10 euros de la papelera. Fotos pegadas en el tablón, como aquella de un día que salíamos del departamento, Ana, Rebeca, Alberto y yo; o aquella de cuando fuimos a las alpujarras, que me regalo María. Sólo tengo que cerrar los ojos para ver como todas estas cosas estaban dispuestas en mi mesa. Sólo tengo que cerrar los ojos para ver muchas mañanas bolsas de caramelos (sin azucar, por supuesto) en mi mesa, y saber que Rebeca se pasó por allí. Sólo tengo que cerrar mis ojos y recordar.
A todo el mundo se le organiza una despedida, yo no iba a ser menos. Muchas veces imaginé como sería esa noche, si me emocionaría, si al final podría reprimir las lagrimas, si tendría que hablar (sin duda, a todo el mundo le hacen pasar el trago), quien se sentaría junto a mi. Y terminó siendo y pasando, como todo en esta vida; hablé y se me quebró la voz, pero no derramé ni una lágrima (el truco, no pensar en que fuese una despedida). Ciertamente no dije nada especial ni nada nuevo, palabras del corazón. La tuve, mi despedida y también un regalo. Y lo mejor: la sorpresa. Me regalaron música (El LIB mix 2006), el mejor regalo que podían haberme hecho. No sólo eso, me regalaron canciones dedicadas por cada uno de los miembros del grupo. Además del correspondiente librito de dedicatorias. Los días posteriores, me los pase escuchando las canciones y emocionándome con ellas. Como os podréis imaginar hay de todo. Cada canción en muchos casos va ligada a la persona que me la dedicó. 37 canciones, algunas ya ligadas para siempre a personas de carne y hueso. Las hay divertidas, Patri, como siempre genio y figura, me comenta que espera que no me pase como al de la canción, por siempre su Javier Krahe. Paco, quiere que me lleve conmigo un clásico algo reciclado. Miguel mi nuevo “niño” (Gobo-Miguel) quiere que “Tia Matt” Raquel le cuente que hay ahí fuera. Sigue la sección infantil con mi jefe, que siempre nos denominó la generación Cocoguagua, y sigue con Lin y los Lunnis. Antonio, quiere recordarme, con aquel, no Antonio, voy a llamar a Mariló, son dos minutos (me encanta la canción). Lucia, mi luz, quiere invitarme a andar con ella y yo estoy encantada. Ana y Alanis (ella nos encanta), Javi y, como no, su Kiko veneno; yo también Javi, sin sus palabras, me siento perdida, como un niño en la playa sin arena ni cubito. Miriam me manda ánimos en forma de música, si alguna vez estás depre, “Let’s the music play”. Piru, tan elegante me dedica a una grande de la canción y Alberto, no podía ser de otra forma, me dice en francés y además me enseña que “My way” no es de Sinatra (canción que me dedica Antoñito también, pero en inglés). Kons me recuerda de donde es, y Ana Belen de donde soy yo, sin duda cada vez que oiga esta copla un nudo se formará en mi estómago, Ole ese Flamenkito apaleao. Raquel me dedica una canción que le compusieron una vez hace tiempo; Raquel, historias paralelas y muchas cosas en común, nombre y sangre “choquera”, las principales. Yo también algún día cantaré “donde sólo existas tu”, no me lo creo, la he encontrado, lo que no se encuentre en Internet con “San google”…. Rocío y Malú, siempre con el alma enamorada. Cuando el corazón late y corre la sangre en las venas se nota. Y por último mis chicos rockeros, como Pablo y su cadillac solitario y AntonioR y su insurrección. Todas preciosas. Gracias por este tesoro musical, irá conmigo donde quiera que vaya.
Málaga, estadio de La Rosaleda, 10:30 de la noche. Decidimos ponernos en el césped, en las gradas nos pareció que aunque lo veríamos mejor, iba a resultar más frío. Sabía que tendría problemas para ver y así fue. No veía nada, un dolor de cuello y gemelos importante, que lástima que la naturaleza no me regaló 10 centímetros más. Ni las pantallas alcanzaba muchas veces a ver, pero no importaba demasiado. En la oscuridad la gente enloquecía y con la música se dejaba llevar. Miles de flashes inundaron mis alrededores cuando el telón se abrió y el escenario se iluminó. Allí estaba ella, yo salté y salté hasta que la conseguí ver así, pequeñita. Después canciones estupendas, como si te vas, inevitable, estoy aquí, la tortura y ojos así:
Viajé de Bahren hasta Beirut
fuí desde el norte hasta polo sur
y no encontré ojos así
como los que tienes tú
Y esa manera de moverse, tengo que aprender a bailar la danza del vientre, jeje. En un poco menos de dos horas, ella se despidió con la canción de moda en la radio, las luces se volvieron a encender y todo volvió poco a poco a la normalidad. Lo mejor vino después del concierto, mis ojos se cerraron contemplando el puerto de Málaga desde un piso quinceavo, a través de unos grandes ventanales. En esa zona entre el sueño y la vigilia, vi a un niño contemplando un puerto durantes horas, mientras hacia correr cochecitos por el filo de la ventana. Dormí y soñé arremolinada con ese niño, contándole que si yo viviese allí también me llevaría horas contemplando los barcos, escuchando las gaviotas y sintiendo la brisa del mar en mi cara. Shakira también andaba por allí, jugando con nosotros, seguro. Un final precioso.
Una vez de pequeños mis padres nos dejaron solos para ir a tomarse algo, supongo que no por mucho tiempo. No recuerdo ya si fue a mi o mi hermano al que se le ocurrió la idea, el caso es que se nos antojó ponernos a escarbar en la pared, dentro de un armario empotrado, en la casa alquilada en la que vivimos al llegar a mi pueblo. Allí, apretados dentro de ese armario, dejamos volar nuestra imaginación y nuestras manos, pensando que encontraríamos un tesoro. Nos pondríamos de pena, no lo recuerdo; como tampoco recuerdo la cara que debieron poner mis padres cuando llegaron y se encontraron tal desaguisado. Habíamos excavado un buen agujero. Mis padres, creo que con buen criterio, se enfadaron y nos impusieron un castigo: nosotros debíamos pagar al albañil que tendría que venir a coger a plana la pared (el agujero era considerable). En cuanto lo supe una gran losa de responsabilidad cayó sobre mis hombros de ocho años. ¿Cómo íbamos a pagar mi hermano yo a un albañil? A saber el dineral que costaría! Yo me puse a hacer cuentas, tendría que ahorrar del dinerillo que me daban mis padres, si esa semana no me compraba chicles..a lo mejor me llegaba. Descarté a mi hermano, feliz de la vida, no conseguiría convencerle de que ahorrase; sería entonces responsabilidad de hermana mayor. Si por algo me acuerdo de aquello fue por esa carga. No pagamos al albañil, como os imaginareis, pero sin duda ese castigo supuso para mi un golpe de madurez; así creo yo que se crece, a golpes. Mi hermano aún sigue insistiendo en que fue él el cabecilla de la operación, me convenció, ya que yo era muy ingenua y también muy buena, de que en verdad allí había un tesoro. Siempre que sale aquella historia a colación, yo aguanto las bromas estoicamente, vale si, era y soy ingenua. A mi me apetece pensar que alguna vez existió en mi la ilusión por encontrar un tesoro perdido en la pared, por encontrar lo desconocido, por descubrir, por investigar y saber lo que no conozco. Tal vez por eso soy como soy. No encontré un tesoro en aquella ocasión, pero sin duda sigo buscándolos.
El otro día hice un viaje en coche que tengo por seguro que recordaré durante mucho tiempo. Volvíamos de una barbacoa, había sido agradable. Ya intuía que el viaje de vuelta sería complicado, nubes negrísimas se acercaban a nosotros, pero no imaginé toda la historia. No llevábamos ni 5 minutos de travesía, cuando nos encontramos con un accidente de tráfico que acababa de ocurrir. Dos coches ya habían parado y tres chavales nos instaban a parar. Mi compañera se quedó con sus hijos, y su marido y yo salimos del coche y empezamos a acercarnos. Me preparé para encontrarme cualquier cosa, que poco tardé en llegar a aquel coche destrozado y que de cosas pensé mientras tanto. Pensé que el coche podría explotar y temí por mi y por todos, pero también supe que tenía que prestar ayuda pasase lo que pasase. Pensé que tal vez habría una carnicería y sí podría estar a la altura de las circunstancias. Me cruce con los dos chicos del coche parado a unos metros y que circulaba en nuestra dirección. Pude ver el miedo en sus caras, en sus miradas. Uno tenía el móvil en la mano, pero estaba como ido. No podían llamar, no tenían cobertura. Después, pensando en la situación del accidente estoy casi segura, de que aquellos chicos o bien casi esquivaron al coche accidentado, que invadió su carril, o vieron como el coche se cruzaba y se empotraba contra una señal de tráfico en la cuneta. La mirada de esos chicos solo reflejaba la certeza de que si hubieran circulado solo unos kilómetros más rápido, ese coche se hubiera empotrado contra ellos. Me acerqué al copiloto del coche accidentado que estaba consciente, le pregunté como estaba pero no respondió, el marido de mi compañera preguntó por el piloto y el otro chaval (de los tres que allí estaban) respondió que estaba desmayado pero tenía pulso. Fui hacia el piloto para interesarme por él, pero no llegué, me temblaban las piernas. Me sentí mal, pero me di cuenta que solo estaba estorbando y me aparté. Efectivamente, estaban los dos borrachos, situación muy probable dada la ubicación del coche. El marido de mi compañera finalmente se quedó a esperar a la ambulancia para no dejar que se durmiesen los heridos. Tras eso la granizada que nos cayó encima, el alboroto de los niños asustados, la carretera que no se distinguía con tanta agua y granizo, el Raquel pon el dedo en la luna para que el cristal no se rompa y los charcos enormes que apunto estuvimos de quedarnos varados. Si bebéis no conduzcáis, por favor.
La propaganda expuesta en la entrada reza: Capitol of the Capital of the World. La entrada al edificio es majestuosa, un gran espacio totalmente cubierto, suelo y paredes, con un suave mármol beige y un precioso mosaico del edificio en la pared frontal, todo estilo “Art Decó”. Me sentí pequeña al entrar, cansada, cargada de bolsas con regalos, bolsas que había arrastrado por la quinta, hasta llegar allí. Había poca gente, normal, el día no acompañaba, nubes negras surcaban el cielo de Manhattan. Una suerte de cintas separadoras surcaba la siguiente sala, había que recorrer el camino que ellas marcaban, aunque no hubiese nadie. De pronto, por fin, un ascensor y más pronto aún estaba en el piso número 80. Parada turística para la foto de turno, que no me hice por supuesto, y de vuelta la ascensor. Piso número 102: hacía mucho frío y viento cuando salí al exterior, más el escalofrío en mi interior. Agarrada a aquellos barrotes y mirando hacia todos lados, me sentí de nuevo muy pequeña, pequeñísima y también emocionada, tantas pelis… Pero de todos modos que vista! También me sentí sola y me acordé de la gente a la que quiero, incluso llegué a sentir su susurro en mi oreja que me decía: Raquel, mira! Ponte ahí que te hago una foto! Como desee que estuviese allí conmigo, pero no porque estuviese sola sino para que sintiese lo mismo que yo. La estatua de la libertad se dibujaba al fondo, casi sólo unas líneas entre niebla, allí la saludé y me despedí de ella.
Raquel es un acto académico, me decían. Yo pensaba, voy a estar igual de nerviosa esté quien esté, y respondía: Si, es un acto académico, pero también es un acto público. ¿Cómo iba a decirles a mis tías, a mis padres, a mis amigos que no vinieran? A ellos les hacía tanta ilusión. El día en cuestión yo era un manojo de nervios, se cumplía uno de mis sueños, la culminación de mucho trabajo. Años de alegrías, lagrimas, esfuerzo personal, amor propio, tantas cosas… Allí estaban muchos de ellos, gente a la que quiero muy profundamente, dándome su apoyo. Todo pasó muy rápido, lo pasé regulín, aunque todo salió finalmente muy bien. Cuando salimos pude ver a mi madre, a mis tías, a Marga, emocionadas, con los ojos llorosos. No puedo explicar con palabras lo que sentí en esos momentos, nada importaba; ni el esfuerzo, ni las lagrimas, ni el trabajo, ni la nota, el protocolo. En esos momentos, sólo la inmensa alegría de sentir que todas esas personas, que me quieren tanto, estaban orgullosas de mí. Por nada del mundo cambiaría esa sensación, la atesoraré siempre en mi corazón.
Ilusión, ¿Qué es? ¿Cómo se siente? Cuando la perdemos, ¿Dónde va? De pronto se me antoja que va a un lugar especial, como una “sopa primigenia”. Os parecerá mentira, pero recuerdo perfectamente cuando dimos esa teoría en el colegio, estaba en séptimo de EGB y tenía 12 años. El profesor durante varios días explicó que antes, hace mucho tiempo, la gente creía que la vida se generaba espontáneamente. La teoría de “la generación espontánea” fue rebatida, con unos experimentos realizados por Louis Pasteur. Entre otros experimentos, se encargó de hacer un recipiente de geometría extraña abierto al medio exterior y colocó algo perecedero en su interior. Pasaban los días y aquello no se pudría ¿Cómo podía ser aquello? Porque los microorganismos no podían colonizarlo. Un experimento tan sencillo y revelador. Algo así es lo que tengo en mi mente, de lo que contaban en clase. Y por fin, la teoría de Oparín-Haldane (hoy en día revisada y ampliada por otros científicos, teoría que aún se haya en debate) y los experimentos de Miller (1953). ¿Cómo surgió la vida? El recreó la sopa primigenia en su laboratorio, puso proteínas, ácidos nucleicos y lípidos, en un medio acuoso. Después simuló una tormenta, bombardeando con energía eléctrica a aquella solución acuosa. Y señores se formaron células! Células primigenias, claro. Cada vez que lo recuerdo pienso, ¿Cómo me impresionó aquello tanto? Recuerdo que me llevé días reflexionando sobre lo que dimos en clase. Simplemente acepté que así surgió la vida, me pareció lógico. Algunas veces me asusto, ¿Porqué yo, con 12 años gastaba mi tiempo pensando en esas teorías y experimentos? Que cosas…. Vaya al final no hablé de la ilusión, lo dejaré para otro día.
Los niños son puros e ingenuos, pueden creer lo que quieras y pensar que en cualquier momento el cielo se desplomará sobre sus cabezas (como los galos de la aldea de Asterix y Obelix). Pero llega un momento en que empiezan a tomar sus decisiones y a formar sus opiniones. Cuando era pequeña, lo recuerdo muy bien, un día las niñas en el patio de mi colegio, empezaron a meterse conmigo diciéndome: “Tu padre es cojo, tu padre es cojo!” Yo por supuesto estaba muy enfadada, pensando: pero bueno que se creen éstas! Mi padre no es cojo! A saber que será ser cojo, pero debe ser muy malo y mi padre es muy bueno, es el mejor padre del mundo, ellas están equivocadas mi padre no es eso! (fuese lo que fuese, lo que aquello significase). Ese día mi padre vino a recogerme al cole como muchos otros días y yo inmediatamente tuve que solucionar mis pequeñas dudas (grandes dudas, sin duda, a mis cinco o seis años) al respecto. Sin mucho rodeos miré a mi padre (miré hacía arriba, claro) y le pregunté a bocajarro: ¿Papá, tu eres cojo? Mi padre me miró y con una sonrisa en la cara, me respondió: Si Raquel, yo soy cojo. ¿Porqué me lo preguntas? Imaginaos mi cara (yo a veces me la imagino), yo no salía de mi asombro. La vida me dio, en ese momento una de las primeras lecciones que recuerdo. Mi padre era cojo, él me lo había dicho. En aquel momento decidí, que ser cojo no era malo. Mi padre lo era!, Él me lo había dicho. Tras ello me formé un opinión, todo lo que aquellos niños pudieran decirme, no tenía porqué ser cierto o mentira. Aprendí que a veces, los niños u otras personas podían, llevados por su desconocimiento, ser crueles juzgando a los demás. Ahora después de muchos años, tengo consciencia de que ese día aprendí, que todo en la vida tiene connotaciones.