Los niños son puros e ingenuos, pueden creer lo que quieras y pensar que en cualquier momento el cielo se desplomará sobre sus cabezas (como los galos de la aldea de Asterix y Obelix). Pero llega un momento en que empiezan a tomar sus decisiones y a formar sus opiniones. Cuando era pequeña, lo recuerdo muy bien, un día las niñas en el patio de mi colegio, empezaron a meterse conmigo diciéndome: “Tu padre es cojo, tu padre es cojo!” Yo por supuesto estaba muy enfadada, pensando: pero bueno que se creen éstas! Mi padre no es cojo! A saber que será ser cojo, pero debe ser muy malo y mi padre es muy bueno, es el mejor padre del mundo, ellas están equivocadas mi padre no es eso! (fuese lo que fuese, lo que aquello significase). Ese día mi padre vino a recogerme al cole como muchos otros días y yo inmediatamente tuve que solucionar mis pequeñas dudas (grandes dudas, sin duda, a mis cinco o seis años) al respecto. Sin mucho rodeos miré a mi padre (miré hacía arriba, claro) y le pregunté a bocajarro: ¿Papá, tu eres cojo? Mi padre me miró y con una sonrisa en la cara, me respondió: Si Raquel, yo soy cojo. ¿Porqué me lo preguntas? Imaginaos mi cara (yo a veces me la imagino), yo no salía de mi asombro. La vida me dio, en ese momento una de las primeras lecciones que recuerdo. Mi padre era cojo, él me lo había dicho. En aquel momento decidí, que ser cojo no era malo. Mi padre lo era!, Él me lo había dicho. Tras ello me formé un opinión, todo lo que aquellos niños pudieran decirme, no tenía porqué ser cierto o mentira. Aprendí que a veces, los niños u otras personas podían, llevados por su desconocimiento, ser crueles juzgando a los demás. Ahora después de muchos años, tengo consciencia de que ese día aprendí, que todo en la vida tiene connotaciones.
Darío — 07-05-2006 11:50:56
David — 01-09-2006 08:27:30