Recuerdos

Archivado en Anécdotas • Fecha: 09-09-2006 23:42:06

Y también llegó la hora de recoger. Dios mío, la cantidad ingente de papel que he llegado a acumular en todos estos años, yo ya lo veia venir, pero cuando finalmente no tuve más remedio que ponerme a revisar todas esas montañas de papeles, no hice sino acordarme de mi maldita costumbre de guardarlo todo. Y también por eso recogí recuerdos a montones, lindezas que adornaban mi escritorio y que cuando enfrascada en cualquier cuenta, leyendo o tal vez rompiéndome la cabeza con el fracaso de algún experimento, me ayudaban a parar y pensar en esos momentos. Cosas que evocan momentos o personas, eso es lo que hay que guardar. Como un mechero Bunsen, de los que se compraron cuando llegamos al nuevo laboratorio. No teníamos aún gas en los mecheros al uso en cualquier laboratorio y los compramos. Uno se rompió, pero sólo un poco, y me lo quedé. Hoy en día es casi una pieza de museo, ya nadie los usa. A mi me parecen muy bellos y me recuerdan a esos laboratorios, quizás del siglo pasado, esos, de los que manó el saber. También una canción que me escribió Simón, pero no la letra sino la partitura, con su pentagrama y todo. Me la escribió durante una conferencia tostón, alguna de esas a las que teníamos que asistir después de la hora de comer, esas en las que luchábamos por no quedarnos dormidos. Según Simón es una canción de su invención, “La canción del Quetzal”. O una notita que reza: esto no arregla lo de la memoria, pero al menos lo endulza. Del puño y letra de Javi. Un día le dejé mi memoria USB, y al abrirla en vez de hacerlo por la parte correcta tiró del otro extremo y el chip de la memoria quedó al descubierto. La cara que puso, no tuvo desperdicio. Al día siguiente en mi mesa, a esta nota la acompañaba un chupa-chups, por supuesto guardado. Como guardé una escultura digna de cualquier museo de arte moderno. Un día Tere puso a esterilizar unos tubos eppendorfs en el autoclave; con la temperatura los tubos se fundieron y aquello no eran tubos, eran masas informes de ellos. Unos pocos se separaron y Tere me escribió con su letra superpequeña, encima de uno de ellos: Para Raquel de chiquipum (apodo con el que la solemos llamar). Mi galleta maría, mi fantasmita, y mi calendario de Kandiski (de 2001), cosas que me dejó Mariló cuando marchó para tierras asturianas. Mi reloj robot, obsequio de una casa comercial, que trajo Pablo de uno de los numerosos congresos a los que asiste. Un adorno con forma de vasija de cocina, típica marroquí (Tajin), que trajo Tarik una vez de su tierra. Yo allí guardaba los clips. Una pegatina de esas para poner las direcciones de correo en las cartas, en la que se aprecia mi nombre completo y debajo: responsable y la dirección del hospital. Venía pegada no recuerdo a que catálogo, pero aquello de responsable me sonó bien (seguramente me llegó por equivocación). Un bolso rojo, que me trajo Lucía de Granada para mi cumpleaños. Me lo compró para que cuando no llevará bolsillos no metiese el dinero en el paquete de tabaco; más de una vez rescaté billetes de 10 euros de la papelera. Fotos pegadas en el tablón, como aquella de un día que salíamos del departamento, Ana, Rebeca, Alberto y yo; o aquella de cuando fuimos a las alpujarras, que me regalo María. Sólo tengo que cerrar los ojos para ver como todas estas cosas estaban dispuestas en mi mesa. Sólo tengo que cerrar los ojos para ver muchas mañanas bolsas de caramelos (sin azucar, por supuesto) en mi mesa, y saber que Rebeca se pasó por allí. Sólo tengo que cerrar mis ojos y recordar.

Escrito por Raquel
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Comentarios

  1. Bueno, bueno Raquel. Un post muy agradable, tener buenos recuerdos, físicos y mentales, está bien, pero ¡que no te sirva como excusa para anclarte en el pasado! ¿ok?

    El presente también te deparará buenas cosas y no podrás apreciarlas si no vives también el presente :-)

    Un abrazo

    Darío — 23-09-2006 21:40:20


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